ODIO A SAM ALTMAN
Acabo de ENCONTRARME con el último lanzamiento de OpenAI y la campaña publicitaria que armaron. Y de verdad que : me da risa y me emputa al mismo tiempo pero sobre todo me da un huevo de desconfianza sobre lo que somos como especie hoy en día.
Porque detrás de todo el bombo técnico, la verdadera fantasía que nos están vendiendo es otra: hacernos creer que ahora todos somos directores de empresas que no existen, que tu vida puede gestionarse como una gran empresa con miles de empleados imaginarios.
El anuncio te pone al típico tipo recostado frente a una pantalla enorme, dándole órdenes con voz de magnate: «Dibújame un punto amarillo al centro. Ahora méteme ese punto dentro de un cohete hiperrealista. Ahora pásalo a Blender y mientras lo modélalas en 3D pídeme una caja de sushi en Rappy». Luego una diseñadora: «Hazme un abrigo con este corte... mmm, me encanta lo que me propones, ahora cámbiale la textura y, de paso, resérvame mesa en mi restaurante favorito».y al final hace una presentación cutre de un proyecto mediocre del que parece estar muy orgullosa, porque aver: tienen que ser actores porque un creador real no estaría orgulloso de hacer un modelo en 3D así se cutre o haber tenido una presentación en una junta con un PDF diseñado en camva y que a todas luces grita: Soy un mediocre. Osea ningún creador real se prestaría para esta madre.(bueno al menos no de gratis)
Y la máquina todo el tiempo respondiendo como el mayordomo perfecto: «A la orden señor, lo que usted diga señor». La historia ya no es lo que el software puede calcular o a que velocidad, sino la sobada de ego: esa relación de poder artificial donde te sientes un genio creativo sin haberte ensuciado las manos aprendiendo a teclear una sola línea de código, ni picándole al ratón, ni entendiendo cómo putas funciona una perspectiva en una imagen.
No te están resolviendo la cura contra una enfermedad ni descifrando la economía mundial; te están vendiendo la ilusión de sentarte en un sillón a tronarle los dedos a un esclavo digital.
Y esto me recordó de inmediato una de los libros que gracias a dios me obligaron a leer en l;a Universidad, Porque si a pesar de lo que digan estúpidos como estos: ese es el trabajo de las universidades Cuestionarte y resultó siendo una las pesadillas más lúcidas de la literatura: las paredes interactivas de Fahrenheit 451. Ray Bradbury lo vio venir hace setenta años. El peligro de esa sociedad no eran solo los bomberos se dedicaran a quemar libros; era que la gente vivía encerrada en cuartos rodeados de pantallas gigantes hablando con «la familia». Programas diseñados específicamente para interactuar contigo, darte la razón, hacerte sentir importante y darte la ilusión de que tienes el control, mientras tu cerebro y tu capacidad de cuestionar el mundo se van atrofiando en silencio.
Nos están empujando exactamente hacia ese salón interactivo. Si la pantalla lo resuelve todo con una orden de voz, ¿para qué putas aprendes a programar?, ¿para qué aprendes a dibujar, a diseñar o a editar? ¿Para qué cultivar un oficio si el algoritmo te hace la chamba mientras tú finges que eres el autor?
Suena comodísimo, sí. Pero esa comodidad tiene un precio altísimo: la atrofia total de nuestras capacidades y una dependencia absoluta. El día que no sepas construir algo por tu propia cuenta, el dueño de las pantallas no es tu empleado; es tu dueño.
Tesla acaba de poner a funcionar su flota de taxis sin chofer en Austin. Desde el día uno ya se regodean con sus métricas de precio y decir que cobran la mitad que Uber: mismo viaje, catorce dólares con Tesla, veinticinco con Uber. Y el carro no tiene conductor ni tampoco regulación
Suena al triunfo definitivo del libre mercado, pero lo que nadie te está contando es el abismo financiero que hay detrás: operar algo así a esos precios es un pozo sin fondo de pérdidas y una calculada ilusión de desarrollo.
Cobrar la mitad no significa que el servicio cueste la mitad producirlo. Significa que los inversionistas están subsidiando cada kilómetro que recorres para inflar métricas de adopción. La promesa siempre ha sido la misma: «quitas al chofer y eliminas el costo más grande». Lo que omiten convenientemente es la monstruosa infraestructura invisible que reemplaza a ese conductor: y viene a tres bandas
BAnda No 1 Teleoperación y rescate remoto: Cuando el sistema se bloquea ante una obra vial, un bache o una situación ambigua, no se arregla solo; entra un equipo humano en centros de monitoreo remoto a destrabar el vehículo.
Segunda banda Mantenimiento y depreciación acelerada: Un auto autónomo opera 16 horas diarias sufriendo desgaste continuo de neumáticos, baterías y calibración milimétrica de cámaras y sensores. No hay chofer que absorba el mantenimiento en su propio auto: la flota entera va al balance de la empresa.
Y la carambola final El costo marginal del cómputo: Cada segundo de conducción autónoma exige procesamiento masivo a bordo y granjas de servidores reentrenando modelos a base de millones de dólares en chips y electricidad.
Cobrar la mitad no significa que el servicio cueste la mitad. Significa que los fondos de inversión están subsidiando cada kilómetro que recorres para reventar a la competencia y comprar el monopolio de las calles. Y aquí es donde la ironía se vuelve grotesca para nosotros en América Latina.
Durante décadas nos han metido en la cabeza el dogma de que el transporte público debe ser un negocio libre, desregulado y puramente rentable. Nos dijeron que la competencia resolvería la movilidad y que cualquier intento de subsidiar el transporte colectivo era ineficiencia, populismo o «cosa de comunistas». Dejaron que nuestros metros colapsaran y que los autobuses se despedazaran bajo la excusa de que «el mercado se regula solo».
Pero mira lo que va a pasar muy pronto: los mismos gurús y tecnócratas que se rasgaban las vestiduras contra los subsidios públicos van a cambiar el discurso de la noche a la mañana.
Cuando el dinero fácil de las rondas de inversión se acabe y estas multinacionales no puedan sostener el costo real de operar flotas autónomas —entre servidores gastando millones en cómputo, teleoperadores remotos rescatando autos trabados y el desgaste feroz de baterías y sensores—, van a llegar a pedir rescate. Mágicamente, te van a decir que mantener a flote su red de robots ya no es un negocio privado, sino «una infraestructura estratégica que aporta valor a la nación», y que el Estado debe otorgarles subsidios, exenciones fiscales y contratos garantizados para que no colapse la ciudad.
El libreto es descarado: subsidiar el pasaje de un obrero en el transporte público siempre fue considerado derroche ideológico, pero subsidiarle el cómputo y el balance corporativo a un billonario de Silicon Valley pasará a ser «innovación patriótica».
No nos están vendiendo el futuro de la movilidad; nos están montando una trampa para privatizar el transporte, arruinar alternativas públicas y luego obligarnos a pagarles la cuenta cuando su fantasía técnica no se pueda sostener sola.
IA PARA CREADORES
La inteligencia artificial le está planteando un reto gigantesco a los creadores y eso incluye a todos los creadores desde los incluencers o los creadores de contenidos hasta las personas que trabajamos en la industria creativas y que somos literalmente eso: creadores o creativos. El motivo de fondo es claro: lo que la IA democratizó fue el estándar técnico. Hoy en día, cualquiera puede sacar una imagen impecable, un video bien resuelto, una pista de audio o una locución convincente.
Y aunque suene contradictorio, ahí radica la trampa: cuando la excelencia técnica está al alcance de todos con un solo clic, esa misma técnica deja de ser un factor de distinción, ya no importa si tienes lá cámara con más megapixeles o el estudio más grande o la lente de 2500 dólares con enfóque perfecto. da igual si alguien con un ordenador de 2015 y conexión a internet puede producir esa misma calidad.
Entonces, si la calidad ya no te separa del resto, ¿qué lo hace? ¿El tono? ¿La autenticidad? ¿La intención detrás de lo que dices? ¿El punto de vista o la capacidad real de conectar?
Un estudio de Science Advances acaba de soltar una bomba: la IA te hace más creativo a ti, pero vuelve aburrido al resto del mundo.
Pusieron a cientos de personas a escribir historias con y sin ChatGPT. ¿El resultado individual? Brutal. Quienes tenían menos chispa dispararon su calidad hasta un 26%: tramas más ingeniosas, mejor prosa y cero aburrimiento.
Pero aquí estalla la trampa: cuando analizaron todo el volumen de textos, descubrieron que todas las historias se parecían entre sí. La IA actúa como un ancla cognitiva invisible: rescata tu idea del papel en blanco, pero clona la misma estructura para todos.
La paradoja es letal: individualmente todos ganamos calidad, pero colectivamente asesinamos la diversidad. Si todos usamos el mismo atajo para brillar, terminamos convirtiendo el ecosistema creativo en un mar de brillante mediocridad idéntica.
Ese es un dilema crítico para cualquiera que dependa de destacar en el radar ajeno. Y seamos sinceros: hoy en día, eso incluye a todos. En especial a quienes viven de su creatividad: desde un fotógrafo, estratega o redactor hasta un diseñador, un artista y por supuesto A TODAS LAS MARCAS.
Si el mercado se inunda de material técnicamente perfecto, generado a ritmo masivo y con un patrón repetitivo, la audiencia agudiza el filtro. En ese escenario de saturación homogénea, lo que vuelve a cobrar verdadero valor es lo irrepetible: la perspectiva personal, el criterio forjado con los años, la experiencia vivida y la resonancia emocional genuina.
Quizás el dilema con la IA no sea que destruya la calidad, sino todo lo contrario: al volverla tan accesible y barata, la calidad en sí misma pierde fuerza como ventaja competitiva.
Cuando alcanzar un estándar excelente se vuelve trivial, la perfección deja de llamar la atención, y tú estás preparandote para este cambios??
Bill Gates y el plan de no tener plan
En 2023, Bill Gates aseguraba que la IA despertaba en él la misma fascinación que experimentó con el surgimiento del internet y la computadora personal. Sin embargo, hace poco, el propio Gates planteó un panorama muy distinto subtitulando su ensayo con la frase lapidaria de: «Necesitamos un plan para asegurar que lo bueno supere a lo malo»
Es decir, Una de las personas con más poder e influencia política y económica en el sector tecnológico hoy muestra inquietud.. En un texto reciente «La turbulenta era de la IA ya está aquí. recoge, la idea central que refleja este giro de perspectiva es contundente: «Incluso en el mejor escenario posible, la transición hacia esta nueva era será uno de los periodos más turbulentos de la historia humana, y ahora mismo no nos estamos preparando».
El eje central de su análisis se enfoca en el mercado laboral. Gates advierte que los empleos de entrada e intermedios enfrentan el peligro más inminente de extinguirse casi en todas las categorías. Frente a esto, plantea una idea sumamente controvertida: aplicar impuestos a los tokens de inteligencia artificial y a la robótica. ¿El motivo? En la actualidad, contratar a un trabajador implica pagar cargas sociales e impuestos sobre la nómina, mientras que adquirir un robot se amortiza y deduce como inversión. Y lo dice sin sonrojarse: «El sistema fiscal ya está empujando a las empresas a reemplazar personas por máquinas». La misma idea de que la culpa la tienen los trabajadores y los impuestos que se le colocan a las empresas como la suya y que obvio evaden hábilmente.
Asimismo, introduce el concepto de human reserve: actividades que una máquina resolvería sin problemas, pero que como comunidad decidimos mantener exclusivamente en manos de personas, funcionando de forma similar a una reserva natural, aunque aplicada al trabajo humano y no está claro cuáles de esas categorías quiere proteger: escribir, pintar, derecho, arministración?? Quién decidirá que carreras “vale la pena conservar?
La premisa central: una velocidad sin precedentes
Diferencia con el pasado: Mientras que la revolución del PC o internet tardó décadas en asentarse la IA se monta sobre la infraestructura actual (móviles, nube) y se maneja mediante lenguaje natural.
Plazo comprimido: Gates prevé que el cambio radical ocurrirá en el transcurso de apenas una década, y no de varias generaciones.
Bifurcación histórica: Sostiene que la IA será la peor fuente de injusticia social».
Con el ámbito educativo sucede algo muy similar: delegar el razonamiento en un algoritmo frena el proceso de aprendizaje. Gates hace hincapié en el concepto pedagógico de «lucha productiva»: esa fricción necesaria al resolver un problema complejo donde realmente se consolida el conocimiento. En ese terreno, la tecnología sí puede convertirse en un aliado valioso si se implementa adecuadamente.
Aparte del trabajo y las aulas, también señala escenarios bastante alarmantes: posibles ciberataques contra la infraestructura eléctrica, centros de salud o el sector financiero, además de estafas a gran escala, control masivo e incluso el riesgo de que distintos Estados recurran a sistemas autónomos para ejecutar acciones de vigilancia y control.
El mensaje final es claro: una disrupción tecnológica de esta magnitud demanda soluciones igualmente extraordinarias. Hace falta crear nuevos organismos tanto a nivel local como internacional, articular políticas conjuntas entre naciones y tomar resoluciones que no admiten más demora.
Mi nombre es es Julio César y estoy aquí para No dejémos de hablar de la IA.